Carl Sagan

En la cuna de toda ciencia yacen teólogos extinguidos

Siempre he considerado que dejar sin respuesta un argumento, es una descortesía, tanto para la ciencia como la religión. Sin embargo los debates entre ambas vertientes de pensamiento son divertidos y, cuando menos, adiestran la mente para el trabajo útil.

Casi en todos los casos…

En varias ocasiones en medio de una exposición, o en alguna reunión, me han hecho preguntas relacionadas con cuestiones astronómicas, o sobre los medios masivos de comunicación. Como son temas que manejo desde hace tiempo, lo que más me interesa son las preguntas precisamente. Las preguntas más habituales sin embargo son las relativas a OVNIS o astronautas del pasado – preguntas que, en mi opinión, son interrogantes religiosos disfrazados -. Son igualmente habituales especialmente después de una discusión sobre el origen de la vida y de la inteligencia las preguntas del tipo: ¿Cree usted en Dios? Como la palabra «Dios» significa tantas cosas distintas para distintas personas, normalmente respondo preguntando qué entiende mi interlocutor por «Dios». Sorprendentemente, la respuesta es a veces enigmática o inesperada: « ¡Oh! Ya sabe Vd., Dios. Todo el mundo sabe quién es Dios», o bien: «Pues un tipo de fuerza superior a nosotros, y que existe en todos los puntos del universo». Hay muchas fuerzas de ese tipo. Una de ellas se llama gravedad, pero no es frecuente identificarla con Dios. El concepto cubre una amplia gama de ideas. Alguna gente piensa en Dios como en un hombre de piel blanca, de grandes dimensiones, con una larga barba blanca, sentado en un trono de algún lugar allá arriba, en el cielo, llevando la cuenta de la muerte de cada gorrión. Otros – por ejemplo Baruch Spinoza o Albert Einstein – consideraban que Dios es básicamente la suma total de las leyes físicas que describen al universo. No sé de ningún indicio real a favor de los patriarcas antropomórficos capaces de controlar el destino humano desde algún lugar privilegiado oculto en el cielo, pero sería estúpido negar la existencia de las leyes físicas. Creer o no en Dios depende mucho de lo que se entiende por Dios.

A lo largo de la historia del mundo ha habido posiblemente miles de religiones distintas. Hay también una piadosa creencia bien intencionada, según la cual todas son fundamentalmente idénticas. En términos de una resonancia psicológica subyacente, puede haber efectivamente importantes semejanzas en los núcleos de varias religiones, pero en cuanto a los detalles de la liturgia y de la doctrina, y en las apologías consideradas autenticantes, la diversidad de las religiones organizadas resulta sorprendente. Las religiones humanas son mutuamente excluyentes en cuestiones tan fundamentales como un dios frente a muchos; el origen del mal; la reencarnación; la idolatría; la magia y brujería; el papel de la mujer; las proscripciones dietéticas, los ritos mortuorios; la liturgia del sacrificio; el acceso directo o indirecto a los dioses; la esclavitud; la intolerancia con otras religiones; y la comunidad de seres a los que se debe una consideración ética especial. No prestan ningún servicio a la religión en general, ni a ninguna doctrina en particular, si se olvidan esas diferencias.

Bertrand Russell fue arrestado en una ocasión por protestar pacíficamente por la entrada de la gran Bretaña en la Primera Guerra Mundial. El funcionario de la prisión preguntó a Russell cual era su religión – una pregunta rutinaria por aquel entonces en todos los ingresos -. Russell respondió: «Agnóstico» y tuvo que deletrearle la palabra. El funcionario sonrió afablemente, movió la cabeza y dijo: «Hay muchas religiones distintas, pero supongo que todos adoramos al mismo Dios». Russell comentó que esa observación le mantuvo animado durante semanas. Y no debía de haber muchas cosas que le animasen en la cárcel.

Muchas de las personas que me preguntan si creo en Dios lo que quieren en realidad es confirmar si su sistema de creencias particular, sea el que sea, es coherente con el conocimiento científico moderno. La religión ha salido dañada de su confrontación con la ciencia, y mucha gente – pero no todo el mundo – se muestra reacia a aceptar un cuerpo de creencias teológicas que entre en conflicto frontal con lo que conocemos. Con el Apollo 8 se produjo la primera navegación tripulada alrededor de la luna. En un gesto más o menos espontáneo, los astronautas del Apollo 8 leyeron el primer versículo del Génesis en un intento, a mi criterio, de tranquilizar a los contribuyentes norteamericanos en cuanto a que no existía incoherencia entre las consideraciones religiosas tradicionales y un vuelo tripulado a la Luna. Los Musulmanes Ortodoxos, por su parte, se sintieron ultrajados por los astronautas del Apollo 11, ya que para el Islam la Luna posee un significado especial y sagrado. En un contexto religioso muy distinto después del primer vuelo orbital de Yuri Gagarin, Nikita Kruschev , presidente del congreso de ministros de la entonces URSS, afirmó que Gagarin no había encontrado ni dioses ni ángeles allá arriba – es decir, Kruschev tranquilizó a su feligresía en el sentido de que el vuelo orbital tripulado no entraba en contradicción con sus creencias.

Una predicción clara en un área que está siendo estudiada a fondo permite que las doctrinas sean objeto de refutaciones. La situación en a que menos desea encontrarse una religión burocrática es la de la vulnerabilidad ante la refutación, es decir, que pueda llevarse a cabo una experiencia en la que la religión pueda tambalearse. Así, el hecho de que no se haya encontrado vida en la Luna no ha modificado en nada las bases del materialismo dialéctico. Las doctrinas que no hacen predicciones correctas; a su vez, tienen más éxito que las que hacen predicciones falsas.

Pero no siempre, una prominente religión que muchos de ustedes ya adivinarán cual es, predijo que el mundo finalizaría en 1914. Ahora bien, 1914 ha llegado y se ha ido, y aun a pesar de que los acontecimientos fueron importantes, el mundo no parece haberse acabado, por lo menos por lo que puede verse. Son tres las respuestas que puede ofrecer una religión organizada ante ese fracaso profético tan notorio. Podrían haber dicho: «¿Dijimos 1914? Lo sentimos, queríamos decir 2014. Un pequeño error de cálculo. Esperamos que esto no les haya ocasionado ningún perjuicio» pero no lo hicieron. Podrían haber dicho: «El mundo se habría acabado para 1914, pero rogamos tan intensamente e intercedimos tanto ante el Señor que eso evitó el fin de la Tierra». Pero no lo hicieron. Lo que hicieron fue sorprendente. Anunciaron que el mundo había acabado realmente en 1914 y que si los demás no nos habíamos dado cuenta, ése era nuestro problema. Ante tamañas evasivas, resulta sorprendente que esa religión tenga todavía tantos adeptos. Pero las religiones son duras. O bien no hacen ninguna propuesta que pueda refutarse o bien revisan rápidamente la doctrina después de una refutación. El hecho de que las religiones sean tan descaradamente deshonestas, tan despreciativas de la inteligencia de sus adeptos y de que todavía florezcan no dice nada bueno a favor del vigor mental de sus creyentes. Pero también pone de manifiesto, como si ello necesitase una demostración, que cerca del núcleo de la experiencia religiosa existe algo tremendamente resistente a la racionalidad.

Larga y penosa ha sido la búsqueda del conocimiento, y cuando este contradecía los postulados doctrinales, fueron perseguidos y sus ideas suprimidas. El viejo Galileo fue amenazado por la jerarquía católica con ser torturado por el hecho de proclamar que la tierra se movía. Spinoza fue excomulgado por la jerarquía judía; difícilmente se encontrará alguna religión organizada con un amplio cuerpo de doctrina, que no se haya erigido en perseguidora, en algún momento por el delito de investigar abiertamente.

Por otro lado, muchas de las controversias descritas por algunas personas como Andrew Dickson white, fundador de una de las mas importantes universidades, la Universidad de Cornell, son discusiones sobre orígenes Se solía pensar que cualquier acontecimiento del mundo – la eclosión de un dondiego, por ejemplo – se debía a una micro intervención de la deidad. La flor era incapaz de abrirse por si sola. Dios tenía que decir: «¡Eh, flor, ábrete!». Al aplicar esta idea a los asuntos del hombre, las consecuencias sociales han sido muy a menudo muy variables. Por un lado, parece indicar que no somos responsables de nuestras acciones. Si la representación teatral que es el mundo está producida por un Dios omnipotente y omnisciente, ¿no puede deducirse acaso que cualquier mal que se produzca es una acción de Dios?

Actualmente se necesita menos de ese tipo de explicaciones. Gracias a nuestros conocimientos sobre el fototropismo y las hormonas vegetales podemos explicar la eclosión del dondiego, lo mismo pasa con la causalidad en el origen del universo. A medida que vamos comprendiendo la naturaleza quedan menos cosas para Dios. La visión que de Dios tenía Aristóteles era la de un ser capaz de producir el primer movimiento sin moverse, un roi fainéant, un rey perezoso que crea primero el universo y se sienta luego a observar como van tejiéndose las intrincadas y entremezcladas cadenas de la causalidad a lo largo de los tiempos. Pero esa idea parece abstracta y alejada de la experiencia cotidiana. Es un tanto perturbadora y aviva la vanidad humana.

Cuando Newton explicó el movimiento de los planetas recurriendo a la teoría de la gravitación universal, dejó de necesitar que los ángeles empujasen los planetas. Cuando Pierre Simon, Marqués de Laplace, propuso explicar el origen del sistema solar – aunque no el origen de la materia – también mediante leyes físicas, la necsidad de un dios para los orígenes de las cosas empezó a ser profundamente cuestionada. Se dice que Laplace presentó una edición de su trabajo matemático Mecanique céleste a Napoleón, a bordo del barco que a través del Mediterraneo iba a llevarle a Egipto, en su famosa expedición de 1798, unos días más tarde, siempre según la misma versión, Napoleón se quejó a Laplace de que en el texto no aparece ninguna referencia a Dios. La respuesta de Laplace fue: «Señor, no necesito esa hipótesis». La idea de que Dios es una hipótesis en lugar de una verdad evidente es, en conjunto, una idea moderna en Occidente, aunque ya fue discutida seria y torcidamente por los filósofos jónicos hace unos 2,400 años.

Si consideramos el universo como un todo, encontraremos algo sorprendente. En primer lugar encontraremos un lugar que es excepcionalmente bello, Construido de forma intrincada y sutil. Al mismo tiempo, es un lugar violento. Parece probado, por ejemplo, que cada vez que explota un Quasar, saltan por los aires más de un millón de estrellas, las cuales pueden tener a su vez planetas habitados, con diversas formas de vida, algunas inteligentes. No es ese, el universo tradicionalmente benigno que la religiosidad convencional trata de demostrarnos, construido para el provecho de los seres vivos, y en particular del hombre. De hecho, las enormes dimensiones del universo ponen de manifiesto la inconsecuencia de los acontecimientos humanos en el contexto cósmico. Vemos al mismo tiempo un universo muy bello y muy violento, que no requiere para su funcionamiento de un dios tradicional al estilo del oriente u occidente.

Si existiese un Dios, como muchos parecen estar convencidos, y nuestra curiosidad e inteligencia han sido proporcionados por Él, seríamos enormemente desagradecidos para con estos dones si suprimiésemos nuestra pasión por explorar el universo y a nosotros mismos. Por otro lado, si este Dios tradicional no existe, nuestra curiosidad e inteligencia son las herramientas fundamentales para procurarnos la supervivencia. En ambos casos, la empresa del conocimiento humano es coherente con la ciencia como con la religión y resulta esencial para el bienestar de la especie humana.

Carl Sagan


Una respuesta to “Carl Sagan”

  1. Muchas gracias por publicar este cachito del libro de sagan, pero tengo una pregunta, cómo puedo dar solución a ésta inquietud, ¿pudiera pensar que ese tipo analogías que Sagan hace a cerca de Dios sea como las que plantea Einstein o Spinoza ?
    Por decir : deus sive natura

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